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El trauma y las secuelas psicológicas de la invasión de los Estados Unidos a Panamá.

Por: Guillermo C. Cohen-DeGovia. 20 de diciembre del 2016.Hacia una patria realmente libre y democrática.

Extracto.

Anamnesis - La guerra psicológica.

En tanto que acciones destinadas a destruir la personalidad social del panameño, la guerra psicológica se había iniciado desde el momento mismo de la firma de los tratados del canal (Torrijos-Carter) en 1977. En ese momento de máxima aproximación al compromiso internacional del logro de la soberanía total, el imperio, imposibilitado de negarse a sí mismo, desencadena una campaña mistificadora contra la panameñidad que, en esencia consiste en degradar lo panameño y enaltecer lo gringo: "los panameños jamás podrán manejar el canal por sí solo", seguida por una serie de adjetivaciones presentadas como "razones evidentes" o "verdades reveladas".

No repetiremos aquí la miríada de frases despectivas sobre Panamá generadas por el imperio y multiplicadas incesantemente por todos sus medios masivos de difusión a nivel mundial y, en el interior del país, por sus adocenados. Algunas medias verdades, las más francas mentiras y desvergonzadas obscenidades, han sido emitidas por los más altos personeros del imperio y convertidas en supuestas verdades de cuño corriente, aceptadas acríticamente por el común de las gentes. La clasificación de estas "balas" propagandísticas según el blanco específico, las encuadra de manera precisa en alguna de las seis características que hemos descrito para la personalidad social del panameño.

El significado económico de que Panamá es un "país de servicios" oculta el significante social de que panamá es un país de "servidumbre" con la implicación de que el "patrón" es siempre otro no panameño, especialmente un gringo. Del mismo modo, la afirmación "Panamá es un país de tránsito o de paso", muy utilizada en el sentido económico, esconde el significante social de "motel" o prostíbulo; desapropiado y sin arraigo de ningún tipo además de inmoral. El papel de la oligarquía en esta guerra de baja intensidad es el de institucionalizar estas afirmaciones y ser la caja de resonancia de las implicaciones sociales de la campaña anti nacional, mientras aspira a ser asimilada por el imperio.

Evolución de baja intensidad

El bastión del nacionalismo, a partir de 1972 con la entrada en vigencia de la estructura constitucional del Poder Popular, era la Guardia Nacional comandada por el General Omar Torrijos y a la cual el panameño había enajenado su combatividad por la soberanía. De manera que sobre ella se centro la "inteligencia" del imperio. La adoptaron y criaron separándola gradualmente de su responsabilidad, ahora sí, patrimonial mediante el juego "democrático" del partidismo que astilló al "movimiento" del Poder Popular al cual estaba fundida la Guardia Nacional. Posterior a la muerte de Torrijos - en circunstancias no aclaradas aún -, la transformaron en Fuerzas de Defensa: un pequeño ejército profesional al cual se le sumaron las policías de tránsito y comunitaria y la "secreta". En total, unos seis mil efectivos. En este proceso de militarización se corrompió la institución. Cuando el imperio le pasó la factura por las prebendas recibidas (entre los que destacaron la administración del narcotráfico) exigiéndole combatir a los sandinistas y se negó, su suerte estaba echada. Se procedió a descalificarla abiertamente y se satanizó a su comandante: al que habían encumbrado y pontificado poco tiempo antes.

Llegado a este punto, la guerra psicológica había logrado obliterar la conciencia nacional de la oligarquía que, en 1987, cuando el imperio decide "cortarle la yugular" (sic) a Panamá mediante el bloqueo económico y la incautación de bienes y del pago por el uso del canal, esta se le suma haciendo paros patronales y cerrando los bancos. Sobre esta base de carencia económica, se extorsiona a la población que reniegue de la institución en la que había depositado su combatividad independentista y soberana sin que, al hacerlo, se percatara que estaba renegando de sus propios atributos, desplazándolos y depositándolos en sus enemigos tradicionales: la oligarquía adosada al imperio. La mayoría de la población panameña evidenciaba, así, una conciencia nacional en estado de confusión.

Al tercer año de guerra psicológica y en los distintos campos de batalla que la constituyen: el económico, el político, el religioso (la cabeza católica optó públicamente por la oligarquía y el imperio, en tanto que algunas iglesias protestantes y orientales optaron por el pueblo y la panameñidad junto con organizaciones y curas católicos de base) la Cruzada Civilista (obsérvese la connotación religiosa feudal) había agotado sus tácticas (que incluyeron el terrorismo) ante la resistencia patriótica que, depurándose durante este período de lucha, aumentaba el número de panameños con una conciencia nacional cristalizada, de modo tal que al imperio sólo le quedaba la intervención directa.

Entre Junio y Diciembre de 1989 el imperio acumuló en sus bases militares en Panamá armamentos, municiones, equipos sofisticados de todo tipo y soldados en proporción de tres a uno. Todo esto en violación flagrante de los tratados canaleros y ante la pasividad o franco contubernio con los organismos internacionales y otros países - la mayoría, a la vez, controlados por el imperio. El objetivo de la magnitud de la desproporción militar era amedrentar a la población: hicieron cientos de provocaciones armadas tanto en tierra como en el mar y en el aire: infiltraron a decenas de sus agentes secretos de todas sus agencias (FBI, CIA, DEA e inteligencia militar) estableciendo una red de espionaje y de informantes para delatar a los patriotas: incrementaron su campaña de insultos y vulgaridades espetadas desde la presidencia de los E.U., pasando por senadores y generales hasta sus soldados rasos y los colonialistas residentes civiles en Panamá, en contra de los panameños. Una de las tácticas más provocadoras fue la de negar los símbolos patrios de Panamá, ya sea por robo de los mismos o su destrucción o dificultar su enarbolamiento en los lugares públicos y en los de defensa conjunta. Los apátridas locales desaparecieron las banderas de las tiendas; incluso se prohibió al boxeador "mano de piedra" Durán que luciera la bandera nacional y acordaron no cantar los himnos en una pelea en los E.U. pocos días antes de la invasión. Como telón de fondo, los "clubes cívicos" integrantes de la Cruzada Civilista, habían orquestado desde 1987 una campaña publicitaria de "moralización": "despertando la consciencia nacional" que pretendía identificarla a ella y al imperio con esos atributos. Así se preparó la emboscada americana (am - Bush) del 20 de Diciembre de 1989.

Dr. Guillermo C. Cohen-DeGovia
Psicólogo Clínico. MSP


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